COL·LAB en VIAempresa

COL·LAB y la vivienda colaborativa

Aiats Agustí BARCELONA 05|05|2016
La start-up catalana introduce en nuestra casa la experiencia holandesa del ‘cohousing’, aceptado desde hace tiempo en los países nórdicos europeos.

Traducción del artículo original en catalán:
El prefijo «co» (en catalán) significa «con» o «en compañía de». Esta partícula ha cogido vuelo últimamente en lo que se refiere a la economía. Cada vez más se oye hablar de cooperación, coeducación o compartir. Y actualmente el prefijo intenta acoplarse a la vivienda. Si bien el concepto de vivienda colaborativa puede parecer nuevo, este tipo de proyectos tienen una gran aceptación en otros países de Europa, como Holanda. La covivienda llega ahora a Cataluña de la mano de la start-up COL·LAB.

Más que una casa compartida

Según la arquitecta e impulsora de este proyecto empresarial, Ana Fernández, el objetivo del cohousing es «dar la vuelta al proceso de entrar a vivir en una casa o un piso». En los proyectos de vivienda colaborativa «el cuento se explica desde el principio» y en vez de comprar un piso construido por un promotor, nos convertiremos en promotores para construir un piso o casa en comunidad adaptada a nuestras necesidades.
COL·LAB «digiere» toda la información que se necesita para llevar a cabo el proyecto y asesora a cada grupo en todo el proceso: «Normalmente los grupos no tienen suficientes conocimientos del mundo financiero, inmobiliario o de la construcción, pero nosotros somos expertos y damos apoyo para materializar el proyecto», dice Fernández. Además, esta empresa también ha adaptado el método holandés al talante mediterráneo «con sesiones de coaching y resolución de conflictos». Los grupos aprenderán en este viaje unos procesos para convivir cuando COL·LAB concluya su trabajo.
El proceso de creación de un cohousing funciona por etapas. Un proyecto de seis viviendas con espacios comunitarios concluye normalmente en dos años. «En un primer laboratorio es empieza a crear el grupo de persones que conformará la comunidad», explica Fernández. Estos amigos o grupo con necesidades similares se convertirán en autopromotores de su proyecto. Este hecho hace que los proyectos de covivienda sean mucho más asequibles que si se contara con un promotor de viviendas –que normalmente tiene un margen de beneficios del 30%.
En una segunda etapa es determina «el carácter de la edificación, su morfología, espacios y recursos a compartir y la relación entre lo público y lo privado». Esta fase culmina con la constitución legal de la comunidad en una cooperativa. La tercera parte es la de autopromoción. Se definen los aspiraciones éticas, estéticas y funcionales del proyecto. Se negocia y reserva el suelo. La fase concluye con un anteproyecto consensuado con todos los miembros del grupo y con las instancias administrativas. En la última etapa «nos ponemos manos a la obra», literalmente. Se solicita la licencia de obras y se concreta la compra del suelo mientras se define el proyecto técnico, presupuestos, etc. Listos para edificar.

Ahorro y eficiencia

«Participativo, asequible y hecho a medida», estos son los tres pilares básicos del cohousing. La parte social queda clara. Los proyectos de vivienda colaborativa intentan racionalizar al máximo el gasto, tanto de dinero como de recursos. Por un lado, cuando se elimina la figura del promotor de vivienda, se elimina el riesgo de no vender un piso y también el margen de beneficio del intermediario. Primer ahorro. La segunda manera de optimizar recursos que ofrece la vivienda colaborativa es que, cuando una casa o bloque de pisos es construye pensando en las necesidades de los persones que viven, se puede racionalizar el espacio: «Así, se puede construir una habitación con cuatro lavadoras industriales y los pisos no tienen que tener lavadero». No sólo esto, esta opción hará ahorrar agua y, por lo tanto, dinero. «La cooperativa puede contratar sólo un contrato de gas o electricidad para todo el edificio y tener contadores individuales en cada piso, así sólo se pagan una vez las tasas fijas y se ahorra dinero», explica Fernández.
Las posibilidades de racionalización son infinitas. Además, cada colectivo puede optar por unas instalaciones concretas, por lo tanto está hecho a medida del grupo: «Desde 1992 he realizado proyectos en Holanda con sordos, músicos, aficionados al yoga, gente mayor, familias con niños pequeños y cada grupo ha construido el cohousing siguiendo sus necesidades». Tampoco es necesario construir obra nueva, «la reforma de un inmueble también es viable para un proyecto cohousing«, añade la arquitecta.

Contingencias, gastos, herencia

El presupuesto para participar en uno de estos proyectos varía mucho según las necesidades y objetivos del grupo: «Es muy diferente ir a vivir a Gràcia o a un pueblo del interior de Cataluña», explica Fernández. COL·LAB está también en contacto con la banca ética como fuente de financiación de sus proyectos. Para un cohousing en Barcelona se pagaría unos 80.000 euros, para hacerlo en Badalona, 40.000 euros.
La regulación también es uno de los escollos para la plena instauración del cohousing. Pero el equipo de Fernández incluye también asesores legales que acompañan todos los proyectos. La parte legal queda recogida en los estatutos de cada cooperativa. Tienen todos los cabos atados. Incluso si alguno de los integrantes quiere retirarse del proyecto o muere, la parte correspondiente del proyecto es heredable, «siempre que el heredero calce con el espíritu del proyecto de vivienda colaborativa y los estatutos así lo recojan», advierte Fernández.

En procés

Fernández, argentina, y su compañero chileno, Daniel Nassar, decidieron impulsar COL·LAB «tomando un café». Nassar hace más de 30 años que se dedica a la vivienda colectiva en Cataluña. Fernández trabajaba como arquitecta en Holanda. Cuando llegó a Barcelona se dedicó a trabajar para proyectos holandeses en Barcelona desde la filial de su despacho de arquitectos. Entre el conocimiento sobre el terreno de Nassar y la pasión por la arquitectura social de Fernández impulsaron COL·LAB con el auge de la economía colaborativa. «Compartir está en crecimiento, pero todavía tiene que llegar al mundo de la vivienda, es más complicado», dice Fernández.
Ambos accedieron al programa de ideas maduras de Barcelona Activa y finalmente entraron en Almogávares Business Factory, gracias a la base social de su proyecto empresarial. En el año de vida de COL·LAB todavía no han construido ningún edificio, pero ya cuentan con dos grupos que se están formando y constituirán sendas cooperativas para convertirse en promotores de su propia casa.

Artículo